No hay productos en el carrito.

Categoría: Vocación

IMG_7379
FEVidaVocación

Lo que mira el corazón

Lo que mira el corazón 

Basado en la llamada de Mateo (Lucas 5, 27-28)

Celebrar el Sagrado Corazón de Jesús es dejarnos mirar por Él. Es volver a descubrir que detrás de cada gesto, palabra y encuentro de Cristo hay un corazón que arde de amor por el hombre. La mirada de Jesús no nace de la indiferencia ni del juicio, sino de un corazón que conoce nuestra miseria y, aun así, no deja de llamarnos a seguirlo. 

Al igual que a Mateo, Jesús sigue mirándonos; me sigue mirando. No lo hace para emitir un juicio, sino para mostrarnos su amor y el deseo profundo que tiene de que estemos con Él de una manera más íntima. Su mirada revela cuánto nos ama el Padre. Se posa sobre mí no para fijarse en lo que he sido o en lo que he hecho, sino para darme la fuerza de seguirlo, de dejarlo todo y descubrir quién puedo llegar a ser a su lado. 

La mirada de Jesús es tierna, pero al mismo tiempo está llena de fuerza; como un dardo que atraviesa el corazón y escudriña lo más profundo del alma. Es una mirada capaz de contener todo el amor de la eternidad, una mirada que derriba muros, rompe cadenas y devuelve la vida a quienes nos creíamos muertos. 

Jesús mira y transforma el pecado en gracia; hace nuevas todas las cosas. Su mirada sana la herida más profunda, libera de la esclavitud más oscura y transforma mi miseria en esperanza. Él me mira y me entrega todo lo que es. 

Quizá la mayor gracia que podemos pedir sea que nos quite el miedo de dejarnos mirar por Él. Ese miedo que nace de la vergüenza del pasado, de la conciencia de nuestra propia miseria, del sentimiento de no ser dignos. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde su mirada quiere alcanzarnos. 

Cuando Jesús pasa por nuestra vida y se detiene a mirarnos, nos recuerda cuánto le importamos. Él conoce la parte más íntima de nuestra alma y, aun así, ha querido detenerse, mirarnos y decirnos: “Sígueme”. 

IMG_1110
ApóstolesFEVocación

Fe que espera, esperanza que ama

La esperanza y la fe preparan el corazón para recibir, acoger y compartir el
don más sublime e inmerecido: el amor incondicional de Dios. Porque quien cree
sin límites y espera sin límites es aquel que ama y se sabe amado sin límites.
Podríamos definir la esperanza como la paciencia ante el tiempo de Dios, un
kairós: el tiempo oportuno que Él tiene para manifestarse plenamente en nuestra
vida. La primera oportunidad concreta que tenemos para ejercitar esta virtud es la
obra misma que Dios realiza en nosotros. Saber esperar y confiar en que Él está
actuando según su plan; nuestra única tarea es disponernos con docilidad.
La fe nos conduce a la esperanza y, junto con ella, nos encamina hacia la
perfección, que es la caridad.
A la esperanza, muchas veces, la frena la indignidad: un sentimiento que
siempre estará presente por dos razones. Primero, porque conocemos nuestra
propia miseria y nuestra condición de criaturas frágiles. Y segundo, porque el
demonio aprovechará esa realidad para sembrar desconfianza y evitar que nos
abandonemos plenamente a los planes de Dios. Confiar de verdad implica
entregarle todo lo que somos, dejar que actúe y soltar por completo el control.
La confianza y la espera que tengamos en Dios se convierten,
inevitablemente, en un punto de referencia para quienes caminan a nuestro lado.
Sin embargo, este no debe ser el motor de nuestra confianza. Ese motor ha de ser
el amor y la esperanza que brotan de una relación íntima con Dios: de un conocerlo
tan profundamente que nos dé la certeza de que nadie puede obrar como Él, por
más poderoso o influyente que sea.
Tomemos como modelos de la esperanza a José y María, quienes supieron
acoger con valentía y amor los planes de Dios en sus vidas. Confiaron en que las
promesas recibidas llegarían a su cumplimiento, no por sus propias obras, sino por
la gracia de Dios, dejándolo actuar sin limitaciones. Quien espera en el Señor
nunca se verá defraudado.

MDD
Vocación

Tu llamado es aquí y ahora, tu llamado está enfrente de ti”

Dios quiere que seamos plenos y felices, ¡nos quiere libres! Libres para ser nosotros mismos, para amar en totalidad y para vivir nuestro día a día en paz