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Kairós: nuestro tiempo es la eternidad

Kairós: nuestro tiempo es la eternidad

Existe una palabra en griego que hace referencia al tiempo oportuno, al momento decisivo:

kairós. Es el momento en el que Dios irrumpe en nuestra historia, en nuestra propia vida. Es ese momento en el que Dios está actuando y en el que nosotros debemos aprender a descubrirlo en el presente. El kairós nos invita a reconocer que Dios también se hace presente en nuestro tiempo, incluso cuando las circunstancias no son las que nosotros hubiéramos elegido.

El kairós no significa simplemente un momento bonito o emocionante; también puede ser una situación complicada, en la que podemos experimentarnos cansados, frustrados o incluso fracasados. Lo que verdaderamente hace que un momento sea un kairós no es que sea agradable, sino que Dios puede servirse de él para llamarnos, transformarnos o acercarnos más a Él.

Es muy fácil predicar y hablar sobre esperar los tiempos de Dios, dar consejos sobre confiar en su voluntad y abandonarnos a su Providencia. Lo complejo viene cuando en nuestro camino se presentan oportunidades para hacer todo eso vida. Por muy preparados que estemos, o digamos estar, siempre va a existir algo de impaciencia, duda y desesperación. Queremos que las cosas sucedan en nuestros tiempos, de acuerdo con nuestros planes y de la manera que nosotros creemos que es mejor.

En nuestra mente debería estar presente que no existe un momento mejor que el que Dios nos permite vivir. Aunque a veces al corazón le cueste trabajo darse cuenta de ello, Dios sabe cuál es el momento que necesitamos, la manera en que lo necesitamos y el tiempo que necesitamos vivirlo. Nosotros vemos solamente una pequeña parte de nuestra historia; Dios ve la historia completa.

Vivir este tiempo oportuno es vivir en el tiempo de Dios, sin permitir que la preocupación por el mañana nos robe el presente. Implica también mucho desprendimiento y abandono de uno mismo; reconocer que es necesario soltar el control de nuestros planes, deseos y anhelos. Reconocer que el tiempo de Dios no se mide con nuestros criterios, nuestros cálculos ni nuestros calendarios. Su tiempo no siempre coincide con el nuestro, y precisamente ahí comienza muchas veces el ejercicio de la confianza.

Una de las principales dificultades que podemos encontrar es la desmotivación y la frustración cuando las cosas no siguen nuestro criterio o nuestros planes. Podemos llegar a sentirnos fuera de lugar, como si sobráramos, como si estuviéramos perdiendo el tiempo mientras los demás avanzan. El enemigo va a buscar meter en nuestra cabeza y en nuestro corazón un sinfín de pensamientos que nos distraigan de vivir y disfrutar el momento que Dios nos permite vivir, un momento de abandono y confianza en Él y en su Providencia. Quizá una de las mayores tentaciones sea pensar que nuestra verdadera vida comenzará cuando cambien nuestras circunstancias. Cuando termine esto, cuando llegue aquello, cuando se resuelva tal problema, cuando finalmente sepamos qué quiere Dios de nosotros.

Pero ¿ qué pasaría si Dios ya está actuando en este momento? ¿Qué pasaría si aquello que nosotros vemos como una espera, una pausa o incluso un retraso, es precisamente el lugar en el que Dios quiere encontrarse con nosotros? La única razón verdaderamente de peso que nos va a llevar a abrazar la voluntad divina es el amor. Pero no un amor humano o común, de esos que podemos encontrar en Amazon, sino un amor que se nos da como don, un amor que es una gracia que necesita ser pedida en la oración. El amor nos lleva a creer y, al creer, podemos confiar y saber esperar. Pero no se trata de un esperar vacío. Se trata de esperar con esperanza. Esperar no con un sentido de obligación, como quien simplemente aguanta hasta que las cosas cambien, sino como un acto de abrazar la voluntad divina con un profundo amor, sabiendo que Dios no se ha equivocado de momento, de lugar ni de camino.

Tal vez este no sea el momento que nosotros habíamos elegido, pero es el momento que Dios nos está dando. Y si Dios está aquí, entonces este momento no es una pausa en nuestra vida. También aquí Dios quiere encontrarnos, hablarnos y transformarnos.

Este es nuestro kairós.

Nuestro tiempo.

El tiempo en el que nuestro presente se encuentra con la eternidad.

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Lo que mira el corazón

Lo que mira el corazón 

Basado en la llamada de Mateo (Lucas 5, 27-28)

Celebrar el Sagrado Corazón de Jesús es dejarnos mirar por Él. Es volver a descubrir que detrás de cada gesto, palabra y encuentro de Cristo hay un corazón que arde de amor por el hombre. La mirada de Jesús no nace de la indiferencia ni del juicio, sino de un corazón que conoce nuestra miseria y, aun así, no deja de llamarnos a seguirlo. 

Al igual que a Mateo, Jesús sigue mirándonos; me sigue mirando. No lo hace para emitir un juicio, sino para mostrarnos su amor y el deseo profundo que tiene de que estemos con Él de una manera más íntima. Su mirada revela cuánto nos ama el Padre. Se posa sobre mí no para fijarse en lo que he sido o en lo que he hecho, sino para darme la fuerza de seguirlo, de dejarlo todo y descubrir quién puedo llegar a ser a su lado. 

La mirada de Jesús es tierna, pero al mismo tiempo está llena de fuerza; como un dardo que atraviesa el corazón y escudriña lo más profundo del alma. Es una mirada capaz de contener todo el amor de la eternidad, una mirada que derriba muros, rompe cadenas y devuelve la vida a quienes nos creíamos muertos. 

Jesús mira y transforma el pecado en gracia; hace nuevas todas las cosas. Su mirada sana la herida más profunda, libera de la esclavitud más oscura y transforma mi miseria en esperanza. Él me mira y me entrega todo lo que es. 

Quizá la mayor gracia que podemos pedir sea que nos quite el miedo de dejarnos mirar por Él. Ese miedo que nace de la vergüenza del pasado, de la conciencia de nuestra propia miseria, del sentimiento de no ser dignos. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde su mirada quiere alcanzarnos. 

Cuando Jesús pasa por nuestra vida y se detiene a mirarnos, nos recuerda cuánto le importamos. Él conoce la parte más íntima de nuestra alma y, aun así, ha querido detenerse, mirarnos y decirnos: “Sígueme”. 

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Apóstoles

Vivir encendidos por la luz

“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Jn 8,12)

Esta cita bíblica ha marcado mi camino en los últimos meses. Jesús no dice simplemente que tiene luz, sino que Él mismo es la Luz. Y cuando pronuncia estas palabras, no habla de una luz cualquiera. No es la de una vela que se apaga, ni la de una lámpara eléctrica que, según las circunstancias, funciona o deja de hacerlo. Es la luz que disipa la oscuridad del corazón humano.

Jesús declara esto durante la fiesta de las Tiendas, en el Templo de Jerusalén, cuando se encendían grandes lámparas que iluminaban toda la ciudad. En ese contexto solemne, Jesús se levanta y proclama: “Yo soy la luz del mundo.” Es como si dijera: no busquen más afuera… la verdadera luz está frente a ustedes.

Pero esta luz no quiere solo iluminarnos desde lejos. Quiere encenderse dentro de nosotros. Quiere que nuestra vida sea aceite que alimente su fuego.

Sabemos bien que el fuego necesita combustible. Y el fuego del amor de Jesús —que ya arde plenamente— quiere misteriosamente implicar nuestra entrega, hacernos partícipes de su misma llama.

Cada acto de fidelidad, cada “sí” ofrecido con amor —aunque nadie lo vea— se convierte en una gota de aceite que mantiene encendida la lámpara del corazón. No porque Cristo lo necesite, sino porque así nos transforma desde dentro.

Por eso es necesario detenernos. Ponernos en presencia de Dios y preguntarnos: ¿Estoy alimentando ese fuego o lo estoy dejando apagarse? ¿Mi vida da luz o roba brillo?

Ser cristiano no es mirar la luz desde lejos, sino dejar que nos transforme, que nos consuma, que nos haga arder. Por eso san Pablo podía decir: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí.” El discípulo verdadero se vuelve lámpara viva, reflejo del fuego de su Maestro.

Pero recordemos algo esencial: el aceite se gasta. Nuestra vida, cuando se ofrece, se consume… pero se consume iluminando. Así vivieron los santos. Así vivió María. Así vive quien ama hasta el extremo.

Jesús no promete un camino sin tinieblas. Las pruebas, las tentaciones, la sequedad espiritual y la confusión nos rodearán. A veces parece que la luz desaparece y que el alma camina a ciegas.

Pero la fe no consiste en ver la luz, sino en confiar en que sigue brillando, incluso cuando está oculta detrás de las nubes.

Aquí entra la Eucaristía: esa pequeña hostia blanca, humilde y silenciosa, que es como una llama en medio del desierto. Aunque todo parezca oscuro, Jesús Eucaristía no deja de irradiar su luz. Su presencia callada es el sol que sigue alumbrando desde dentro del tabernáculo de nuestro corazón.

Un gran ejemplo es santa Teresa de Calcuta. Durante casi cincuenta años vivió lo que ella llamó “la oscuridad del alma”. Sentía a Dios lejano, su oración vacía, su interior sumido en la noche. Y, sin embargo, no dejó de amar ni de caminar. En sus cartas, recogidas en el libro Ven, sé mi luz, escribió: “Si alguna vez llego a ser santa, seré sin duda una santa de la oscuridad. Seguiré estando ausente del cielo, para encender la luz de aquellos que viven en la oscuridad sobre la tierra.”

Eso es fe: seguir caminando cuando no se ve nada, porque se confía en la luz que no se apaga.

Y aun en la noche más oscura, el cielo no está vacío. Cuando el sol se oculta, aparecen la luna y las estrellas. Así también en nuestra vida espiritual: cuando el Sol —Cristo— parece esconderse, María refleja su luz. Ella no tiene luz propia, pero refleja perfectamente la del Sol que es su Hijo, como la luna refleja al sol en la noche. Por eso la llamamos “la Mujer vestida de sol”. En ella vemos el rostro de Jesús. Con ella aprendemos a esperar el amanecer y a confiar cuando todo parece perdido.

Y junto a María, los santos son como estrellas: pequeñas luces que brillan en la noche del mundo. Son testigos de que el Sol volverá a salir, de que la oscuridad nunca tiene la última palabra.

Porque en Cristo, la noche nunca es eterna.

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Fe que espera, esperanza que ama

La esperanza y la fe preparan el corazón para recibir, acoger y compartir el
don más sublime e inmerecido: el amor incondicional de Dios. Porque quien cree
sin límites y espera sin límites es aquel que ama y se sabe amado sin límites.
Podríamos definir la esperanza como la paciencia ante el tiempo de Dios, un
kairós: el tiempo oportuno que Él tiene para manifestarse plenamente en nuestra
vida. La primera oportunidad concreta que tenemos para ejercitar esta virtud es la
obra misma que Dios realiza en nosotros. Saber esperar y confiar en que Él está
actuando según su plan; nuestra única tarea es disponernos con docilidad.
La fe nos conduce a la esperanza y, junto con ella, nos encamina hacia la
perfección, que es la caridad.
A la esperanza, muchas veces, la frena la indignidad: un sentimiento que
siempre estará presente por dos razones. Primero, porque conocemos nuestra
propia miseria y nuestra condición de criaturas frágiles. Y segundo, porque el
demonio aprovechará esa realidad para sembrar desconfianza y evitar que nos
abandonemos plenamente a los planes de Dios. Confiar de verdad implica
entregarle todo lo que somos, dejar que actúe y soltar por completo el control.
La confianza y la espera que tengamos en Dios se convierten,
inevitablemente, en un punto de referencia para quienes caminan a nuestro lado.
Sin embargo, este no debe ser el motor de nuestra confianza. Ese motor ha de ser
el amor y la esperanza que brotan de una relación íntima con Dios: de un conocerlo
tan profundamente que nos dé la certeza de que nadie puede obrar como Él, por
más poderoso o influyente que sea.
Tomemos como modelos de la esperanza a José y María, quienes supieron
acoger con valentía y amor los planes de Dios en sus vidas. Confiaron en que las
promesas recibidas llegarían a su cumplimiento, no por sus propias obras, sino por
la gracia de Dios, dejándolo actuar sin limitaciones. Quien espera en el Señor
nunca se verá defraudado.