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Lo que mira el corazón

Lo que mira el corazón 

Basado en la llamada de Mateo (Lucas 5, 27-28)

Celebrar el Sagrado Corazón de Jesús es dejarnos mirar por Él. Es volver a descubrir que detrás de cada gesto, palabra y encuentro de Cristo hay un corazón que arde de amor por el hombre. La mirada de Jesús no nace de la indiferencia ni del juicio, sino de un corazón que conoce nuestra miseria y, aun así, no deja de llamarnos a seguirlo. 

Al igual que a Mateo, Jesús sigue mirándonos; me sigue mirando. No lo hace para emitir un juicio, sino para mostrarnos su amor y el deseo profundo que tiene de que estemos con Él de una manera más íntima. Su mirada revela cuánto nos ama el Padre. Se posa sobre mí no para fijarse en lo que he sido o en lo que he hecho, sino para darme la fuerza de seguirlo, de dejarlo todo y descubrir quién puedo llegar a ser a su lado. 

La mirada de Jesús es tierna, pero al mismo tiempo está llena de fuerza; como un dardo que atraviesa el corazón y escudriña lo más profundo del alma. Es una mirada capaz de contener todo el amor de la eternidad, una mirada que derriba muros, rompe cadenas y devuelve la vida a quienes nos creíamos muertos. 

Jesús mira y transforma el pecado en gracia; hace nuevas todas las cosas. Su mirada sana la herida más profunda, libera de la esclavitud más oscura y transforma mi miseria en esperanza. Él me mira y me entrega todo lo que es. 

Quizá la mayor gracia que podemos pedir sea que nos quite el miedo de dejarnos mirar por Él. Ese miedo que nace de la vergüenza del pasado, de la conciencia de nuestra propia miseria, del sentimiento de no ser dignos. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde su mirada quiere alcanzarnos. 

Cuando Jesús pasa por nuestra vida y se detiene a mirarnos, nos recuerda cuánto le importamos. Él conoce la parte más íntima de nuestra alma y, aun así, ha querido detenerse, mirarnos y decirnos: “Sígueme”.