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ApóstolesFEVida

La transfiguración del Señor

“Seis días después, Jesús tomó a Pedro y a Juan y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos. Resplandeció su rostro como el sol y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Él.

Entonces Pedro dijo a Jesús: «Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Mientras él aún hablaba, una nube luminosa los cubrió; y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oíd».

Al oír esto, los discípulos se postraron sobre sus rostros y tuvieron gran temor. Entonces Jesús se acercó, los tocó y les dijo: «Levántense y no tengan miedo». Y alzando ellos los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.”

La Transfiguración de Jesús me la imagino como uno de los acontecimientos más íntimos y preciosos que Dios regaló a Pedro y a Juan. ¡Cuánta belleza habrán contemplado! Qué regalo tan grande.

Leyendo más sobre el significado bíblico de la Transfiguración de Jesús, me encantó descubrir que se trata de un cambio profundo de apariencia externa mediante el cual Jesús mostró su gloria. ¡Qué impresionante!

Pero no termina ahí. En esta hermosa manifestación de la gloria de Dios también participa el Padre, diciendo:

“Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.”

Aunque esta experiencia atravesó a los discípulos de una manera completamente inesperada, Jesús, con su inmensa ternura, se acercó, los tocó y les dijo:

“Levántense, no tengan miedo.”

Y, claro, creo que descubrir la verdadera presencia de Dios en nuestra vida puede ser una experiencia que también provoque vértigo. Dejarnos amar y conquistar por Él, debido a nuestra humanidad, a veces puede dar un poco de miedo. Pero Jesús, con su amor y su mirada, siempre tiene la respuesta perfecta para guiarnos a confiar.

Inevitablemente, la Transfiguración de Jesús cautiva nuestra alma. No sé a ti, pero a mí me darían muchísimas ganas de haber presenciado ese momento.

Pensando en esto, me hice una pregunta:

¿Y si Jesús ya se ha transfigurado alguna vez en mi vida?

¿En qué momentos de mi existencia Jesús se ha transfigurado ante mis ojos?

Tal vez no exactamente como lo vivieron Pedro y Juan. Pero Dios nos ama tanto que estoy segura de que, si observamos con atención nuestra historia y nuestro presente, podremos descubrir cómo Él nos ha mostrado su inmensa gloria en muchísimas ocasiones.

Y creo que justamente ahí, en nuestra historia de amor con Dios, es donde más se revela.

Quizá en cosas tan cotidianas y sencillas —las favoritas de Jesús—. O tal vez en un momento en el que experimentaste una paz inolvidable. Quizá en el abrazo de un ser querido y supiste, en lo profundo de tu corazón, que venía directamente de Dios.

No lo sé. Eso ya te corresponde llevarlo a la oración y conversarlo con Él.

Quiero invitarte a hacerte esta pregunta, sin miedo y con el corazón completamente abierto:

¿En qué momentos de mi vida Dios me ha manifestado, de manera íntima y amorosa, su misericordia, su gloria y su belleza?

Dios derrama su amor y su gracia constantemente. Eso no depende de lo que hagamos o dejemos de hacer. Él nos ama porque Él es Amor. Así es Él.

Lo que sí depende de nosotros es hacer silencio, prestar atención y abrir el corazón para descubrir y abrazar todo aquello que ya nos regala.

Y, quién sabe… tal vez descubras que Dios ya se ha transfigurado ante tus ojos de una manera única, personal y profundamente hermosa.