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ApóstolesFEVocación

Fe que espera, esperanza que ama

La esperanza y la fe preparan el corazón para recibir, acoger y compartir el
don más sublime e inmerecido: el amor incondicional de Dios. Porque quien cree
sin límites y espera sin límites es aquel que ama y se sabe amado sin límites.
Podríamos definir la esperanza como la paciencia ante el tiempo de Dios, un
kairós: el tiempo oportuno que Él tiene para manifestarse plenamente en nuestra
vida. La primera oportunidad concreta que tenemos para ejercitar esta virtud es la
obra misma que Dios realiza en nosotros. Saber esperar y confiar en que Él está
actuando según su plan; nuestra única tarea es disponernos con docilidad.
La fe nos conduce a la esperanza y, junto con ella, nos encamina hacia la
perfección, que es la caridad.
A la esperanza, muchas veces, la frena la indignidad: un sentimiento que
siempre estará presente por dos razones. Primero, porque conocemos nuestra
propia miseria y nuestra condición de criaturas frágiles. Y segundo, porque el
demonio aprovechará esa realidad para sembrar desconfianza y evitar que nos
abandonemos plenamente a los planes de Dios. Confiar de verdad implica
entregarle todo lo que somos, dejar que actúe y soltar por completo el control.
La confianza y la espera que tengamos en Dios se convierten,
inevitablemente, en un punto de referencia para quienes caminan a nuestro lado.
Sin embargo, este no debe ser el motor de nuestra confianza. Ese motor ha de ser
el amor y la esperanza que brotan de una relación íntima con Dios: de un conocerlo
tan profundamente que nos dé la certeza de que nadie puede obrar como Él, por
más poderoso o influyente que sea.
Tomemos como modelos de la esperanza a José y María, quienes supieron
acoger con valentía y amor los planes de Dios en sus vidas. Confiaron en que las
promesas recibidas llegarían a su cumplimiento, no por sus propias obras, sino por
la gracia de Dios, dejándolo actuar sin limitaciones. Quien espera en el Señor
nunca se verá defraudado.