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Apóstoles

Vivir encendidos por la luz

“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Jn 8,12)

Esta cita bíblica ha marcado mi camino en los últimos meses. Jesús no dice simplemente que tiene luz, sino que Él mismo es la Luz. Y cuando pronuncia estas palabras, no habla de una luz cualquiera. No es la de una vela que se apaga, ni la de una lámpara eléctrica que, según las circunstancias, funciona o deja de hacerlo. Es la luz que disipa la oscuridad del corazón humano.

Jesús declara esto durante la fiesta de las Tiendas, en el Templo de Jerusalén, cuando se encendían grandes lámparas que iluminaban toda la ciudad. En ese contexto solemne, Jesús se levanta y proclama: “Yo soy la luz del mundo.” Es como si dijera: no busquen más afuera… la verdadera luz está frente a ustedes.

Pero esta luz no quiere solo iluminarnos desde lejos. Quiere encenderse dentro de nosotros. Quiere que nuestra vida sea aceite que alimente su fuego.

Sabemos bien que el fuego necesita combustible. Y el fuego del amor de Jesús —que ya arde plenamente— quiere misteriosamente implicar nuestra entrega, hacernos partícipes de su misma llama.

Cada acto de fidelidad, cada “sí” ofrecido con amor —aunque nadie lo vea— se convierte en una gota de aceite que mantiene encendida la lámpara del corazón. No porque Cristo lo necesite, sino porque así nos transforma desde dentro.

Por eso es necesario detenernos. Ponernos en presencia de Dios y preguntarnos: ¿Estoy alimentando ese fuego o lo estoy dejando apagarse? ¿Mi vida da luz o roba brillo?

Ser cristiano no es mirar la luz desde lejos, sino dejar que nos transforme, que nos consuma, que nos haga arder. Por eso san Pablo podía decir: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí.” El discípulo verdadero se vuelve lámpara viva, reflejo del fuego de su Maestro.

Pero recordemos algo esencial: el aceite se gasta. Nuestra vida, cuando se ofrece, se consume… pero se consume iluminando. Así vivieron los santos. Así vivió María. Así vive quien ama hasta el extremo.

Jesús no promete un camino sin tinieblas. Las pruebas, las tentaciones, la sequedad espiritual y la confusión nos rodearán. A veces parece que la luz desaparece y que el alma camina a ciegas.

Pero la fe no consiste en ver la luz, sino en confiar en que sigue brillando, incluso cuando está oculta detrás de las nubes.

Aquí entra la Eucaristía: esa pequeña hostia blanca, humilde y silenciosa, que es como una llama en medio del desierto. Aunque todo parezca oscuro, Jesús Eucaristía no deja de irradiar su luz. Su presencia callada es el sol que sigue alumbrando desde dentro del tabernáculo de nuestro corazón.

Un gran ejemplo es santa Teresa de Calcuta. Durante casi cincuenta años vivió lo que ella llamó “la oscuridad del alma”. Sentía a Dios lejano, su oración vacía, su interior sumido en la noche. Y, sin embargo, no dejó de amar ni de caminar. En sus cartas, recogidas en el libro Ven, sé mi luz, escribió: “Si alguna vez llego a ser santa, seré sin duda una santa de la oscuridad. Seguiré estando ausente del cielo, para encender la luz de aquellos que viven en la oscuridad sobre la tierra.”

Eso es fe: seguir caminando cuando no se ve nada, porque se confía en la luz que no se apaga.

Y aun en la noche más oscura, el cielo no está vacío. Cuando el sol se oculta, aparecen la luna y las estrellas. Así también en nuestra vida espiritual: cuando el Sol —Cristo— parece esconderse, María refleja su luz. Ella no tiene luz propia, pero refleja perfectamente la del Sol que es su Hijo, como la luna refleja al sol en la noche. Por eso la llamamos “la Mujer vestida de sol”. En ella vemos el rostro de Jesús. Con ella aprendemos a esperar el amanecer y a confiar cuando todo parece perdido.

Y junto a María, los santos son como estrellas: pequeñas luces que brillan en la noche del mundo. Son testigos de que el Sol volverá a salir, de que la oscuridad nunca tiene la última palabra.

Porque en Cristo, la noche nunca es eterna.

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ApóstolesFEVocación

Fe que espera, esperanza que ama

La esperanza y la fe preparan el corazón para recibir, acoger y compartir el
don más sublime e inmerecido: el amor incondicional de Dios. Porque quien cree
sin límites y espera sin límites es aquel que ama y se sabe amado sin límites.
Podríamos definir la esperanza como la paciencia ante el tiempo de Dios, un
kairós: el tiempo oportuno que Él tiene para manifestarse plenamente en nuestra
vida. La primera oportunidad concreta que tenemos para ejercitar esta virtud es la
obra misma que Dios realiza en nosotros. Saber esperar y confiar en que Él está
actuando según su plan; nuestra única tarea es disponernos con docilidad.
La fe nos conduce a la esperanza y, junto con ella, nos encamina hacia la
perfección, que es la caridad.
A la esperanza, muchas veces, la frena la indignidad: un sentimiento que
siempre estará presente por dos razones. Primero, porque conocemos nuestra
propia miseria y nuestra condición de criaturas frágiles. Y segundo, porque el
demonio aprovechará esa realidad para sembrar desconfianza y evitar que nos
abandonemos plenamente a los planes de Dios. Confiar de verdad implica
entregarle todo lo que somos, dejar que actúe y soltar por completo el control.
La confianza y la espera que tengamos en Dios se convierten,
inevitablemente, en un punto de referencia para quienes caminan a nuestro lado.
Sin embargo, este no debe ser el motor de nuestra confianza. Ese motor ha de ser
el amor y la esperanza que brotan de una relación íntima con Dios: de un conocerlo
tan profundamente que nos dé la certeza de que nadie puede obrar como Él, por
más poderoso o influyente que sea.
Tomemos como modelos de la esperanza a José y María, quienes supieron
acoger con valentía y amor los planes de Dios en sus vidas. Confiaron en que las
promesas recibidas llegarían a su cumplimiento, no por sus propias obras, sino por
la gracia de Dios, dejándolo actuar sin limitaciones. Quien espera en el Señor
nunca se verá defraudado.